Una vez iniciado el viaje, el turista debe mantenerse atento a su salud física, emocional y ambiental. La prevención no se limita a la etapa de preparación; por el contrario, los cuidados durante el viaje son los que permiten mantener la seguridad en situaciones reales.
Durante los vuelos largos, es fundamental cuidar la circulación sanguínea mediante caminatas ocasionales, movimientos de piernas, buena hidratación y evitar el consumo de alcohol. El aire seco del avión puede causar deshidratación, irritación de piel o problemas respiratorios en personas sensibles, por lo que la enfermería recomienda beber agua frecuentemente, usar gotas hidratantes para los ojos cuando sea necesario y descansar lo suficiente antes del viaje.
Al llegar al país destino, el viajero debe prestarle atención al tipo de alimentos que consume. Muchas enfermedades gastrointestinales se adquieren por comer productos mal cocidos, frutas sin lavar o agua contaminada. Es preferible consumir alimentos en lugares confiables, evitar el hielo de origen desconocido y no ingerir comida callejera sin control sanitario. Además, es importante mantenerse hidratado en países calurosos y cubrirse del frío en climas extremos.
La protección ante enfermedades transmitidas por vectores también es esencial. En regiones tropicales existe riesgo de picaduras de mosquitos que transmiten dengue, malaria o zika, por lo que el uso constante de repelente, ropa de manga larga y mosquiteros es fundamental. Asimismo, en zonas de altura, como Cusco o La Paz, el mal de altura puede afectar al viajero. Es necesario aclimatarse con calma, evitar comidas pesadas y descansar adecuadamente.
Finalmente, el autocuidado emocional también debe ser considerado. Viajar puede generar ansiedad, miedo o estrés. Dormir bien, mantenerse hidratado, tomar pausas y mantener comunicación con familiares son medidas simples pero importantes para la estabilidad psicológica del viajero.